Democracia bajo fuego: viejas heridas, nuevas amenazas
El 24 de marzo no es una fecha del almanaque: es un punto de inflexión que nos obliga a pensar qué país fuimos y qué país queremos defender. El golpe del ’76 dejó una herida profunda, marcada por los 30.000 desaparecidos y por un modelo de sometimiento económico y social que aún proyecta sus sombras. Yo fui una de las víctimas de ese quiebre institucional y, aunque sobreviví al secuestro, la tortura y el exilio, sigo comprendiendo que la verdadera fortaleza nace de quienes sostienen viva la Memoria.
Los golpes de Estado jamás fueron improvisaciones militares. Respondieron siempre a intereses económicos concentrados que encontraron apoyo en sectores civiles, políticos, eclesiásticos y empresariales. Y sería ingenuo pensar que esas ambiciones desaparecieron. Cambiaron de forma. Hoy ya no necesitan tanques: utilizan mecanismos más sutiles, como el lawfare, para deslegitimar líderes democráticos y condicionar gobiernos populares a través de un Poder Judicial parcial, grandes medios alineados y operadores políticos dedicados a reinstalar agendas regresivas.
Por eso es urgente reafirmar que la democracia también se defiende desenmascarando estas nuevas modalidades de intervención. La memoria no es un ritual: es un acto de resistencia. Es comprender que quienes impulsaron los golpes del pasado comparten intereses con quienes hoy intentan disciplinar a la sociedad desde tribunales y estudios televisivos.
En estos días de reflexión, el desafío es claro: sostener la Memoria, abrazar la Verdad y exigir Justicia para que el proyecto democrático no vuelva a ser vulnerado. Nunca Más.
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