Córdoba

Carca en Córdoba y desde la mejor vereda

Ahora que recuerdo, pasó un tiempo antes de darme cuenta de que los cordones que flanquean las veredas del centro de Córdoba son de una piedra negra intimidantemente sólida, seguramente prima de los extintos adoquines, que supieron ir destartalando muy eficientemente las irremisiblemente abominables máquinas transportistas que debieron cargar sobre sus espaldas por décadas, esto, para regocijo infinito de mis antepasados urbanos, mis primos desconocidos: los peatones.

Efectivamente, así me gusta definirme. Si hay algo que creo hacer muy bien es caminar incesantemente, y esto lo he heredado de gente que, sin poder imaginar siquiera las ventajas que la ciudad entrega a los que tenemos esa fortaleza –o debilidad incurable, que para el caso es lo mismo–, supo memorizar santos y señas de casi todas las calles del pueblo minúsculo en que les tocó pasar sus días hasta que no pudieron seguir andando.

Esos cordones negros y macizos todavía guardan, para el que sabe mirar, las evocativas señas de martillazos que los transformaron en lozas de un peso sobrecogedor, consignadas a ser parcialmente enterradas unas tras otras por kilómetros, con el único propósito de ofrecernos el mejor lugar del mundo: la vereda. Que, por su parte, defienden desde una profundidad que conmueve, no bien conocemos la aterradora experiencia callejera de ver el resultado de los operativos infames que las remueven impiadosamente, para hacer lugar a otro metro cuadrado de cemento destinado a los tontuelos que van rápido, cada vez más rápido como para olvidarse hasta de interpretar forma alguna en el paisaje que recorren.

Desde la ruidosa Nueva Córdoba, que ya solo guarda el único mérito de cobijar al siempre glorioso parque Sarmiento (otro límite violento del que habría que ocuparse en algún momento) y pasando por la vieja y fantasmagórica terminal de trenes, punto culminante del ramal Mitre y la construcción de la nación, los cordones de piedra me acompañan (y defienden) hasta cruzar otra vez el río lóbrego y cargado que circula por este otoño lluvioso y violentamente impredecible, que tiene a todo el mundo con los nervios convenientemente crispados (¡cuando no!). Voy a los viejos talleres reciclados de la zona del desaparecido abasto, a pasar otra noche a la sombra lunar de jacarandas y tipas, que sabrán muy oportunamente oscurecer un poco más una noche que en este caso verá caer otra tanda de milímetros en el peor —o mejor— momento posible.

Aunque el escenario sea positivamente inmejorable, el protagonista será Carlos Hernán Carcacha, mejor conocido como Carca, desplegándose en los interiores de Casa Babylon (un nombre más fantásticamente pecaminoso no podría hallarse, ni siquiera por aquellos con la casi sobrehumana habilidad de encontrar esa aguja en aquel pajar). La relevancia del personaje, hoy a la vuelta de un trasplante de corazón y en buena medida a contracorriente de un mainstream que animó por décadas como responsable principal de los arreglos de Babasónicos, se encuentra en su evidente competencia como cantante y guitarrista. Pero además en una poesía que busca otra ética y razón de vivir, sin sermonear a nadie, y por el contrario riéndose estruendosamente de los excesos pasados y presentes que lo conducen, acaso como a cualquier caminante que se precie.

En Córdoba, Carca y su música exploran muy devotamente ese gesto grotesco pleno en combinaciones únicas e inesperadas, que tanto nos sigue atrayendo del rock y blues argentino de casi todas las épocas, y es acaso por ello que vale la pena prestar mucha atención a su propuesta. Al modo de cualquier experimento de este tipo, sus referencias son muy evidentes: el sublime fraseo del Spinetta de Pescado Rabioso, los acordes destemplados y el misticismo de Ricardo Soulé y su V8, o la provocación desfachatada de La Pesada del Rock, pero también la exégesis culta sobre la música popular argentina contemporánea, compartida con Daniel Melingo.

Estas referencias son, como digo, casi obvias, pero lo distinto es que, tal vez como resultado de su carrera anterior (la expresión genuinamente grotesca gana en coherencia a la luz de lo latente, inclusive residual), esta modestísima inspiración artística en solitario opera como muralla defendiendo su género de una pulsión inevitable de la totalidad que lo encuadra por repetirse, sistematizarse en performances signadas por una especie de mueca ajustada en obsolescencias programadas, acabando como otra doctrina de moda esterilizándolo todo al servicio de: la rima de turno, los estrenos exclusivos de las aplicaciones de teléfono, o compases que más plata generan.

Mientras Carca grita a los cuatro vientos que nada nos importa salvo brindar por el creador del rock n’ roll, entre los chillidos de una guitarra que sigue alucinando a su público —planteando la posibilidad de cruzar océanos a nado o trascendiendo toda hipocresía para poner en escena a las chicas más salvajes, subiéndolas a autos peligrosamente potentes que no van a ninguna parte (por lo menos ningún buen lugar)—, vamos entendiendo y divirtiéndonos (sobre todo), en la certeza de que la palabra del rock y blues argentinos sigue siendo propiedad esencial del conjunto de músicos que lo hacen vivir en la práctica consecuente y porfiada, asociados con un público que decide ir a escucharlos: probablemente a la oscuridad más insondable, el último lugar que se publicita como resto de otra época, un mundo que sigue latiendo porque lo desafía todo sin mucha idea de lo que hace, simplemente haciéndolo.

Si esos venerables cordones de granito negro del centro de Córdoba nos aseguran por muchos años el camino, y sobre todo las decisiones de recorrerlo sin apuros, sin recurrir a ningún combustible más que nuestra voluntad de seguir, Carca reinterpreta y mantiene vivo un segmento significativo de nuestra tradición cultural, ayudándonos a aprender algunas de las claves para no ver en la perspectiva que nos rodea más que una sucesión de paisajes fugaces sin otro sentido que el que nos cede miserablemente una totalidad que siempre, pero siempre… se queda con la mejor parte del viaje.

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