El “Indio” y Los Redondos, forjadores de vida
Escribo de corrido…
Veo "Oktubre" sobre el equipo de música de la pieza que compartíamos con mis hermanos. Diviso los viajes a un par de misas, donde compartía sensaciones con fieles tan lejanos como desgarbados y odiadores de todo lo “azul”.
Se me aparecen las madrugadas intentando hacer radio y convenciendo al mundo de lo valiosos que eran los discos "piratas" que llegaban desde Buenos Aires y nadie podía dejar de escuchar.
Me recuerdo gastando en sus discos los pocos mangos que ganaba siendo explotado en secas canchas de fútbol entrerriano. Memorizando el orden de las canciones de cada CD y desde cuándo Willy Crook dejó de ser parte del viaje. Ante cada mudanza, fueron de las pocas cosas que acompañaron.
Eran Los Redondos. Los que fueron creciendo a partir de la oscuridad de “Preso en mi ciudad”, los primeros acordes que se me grabaron.
Entregué esa parte de mi vida sin que nadie me lo pidiera. Sin darme cuenta. Con gusto. Y sin saber por qué.
Usuarios, contraseñas, los nombres de fantasía…
La puerta de entrada a todo lo que construyó una vida posterior, basada en la rebeldía ante las pocas cosas que lograba en las que lograba distinguir injusticias en lo que consideraba “un pueblo de mierda”. Las ganas de dejar mi lugar de origen tienen sus raíces ahí; el descubrimiento de la existencia de otras posibilidades; la necesidad de conocer más.
Uno se puede desconocer en el proceso, sin que haya excesos. Puede identificarse con las personas más lejanas (demográfica y socialmente), y sentirse extraño con los cercanos.
Contrafácticamente, Carlos Alberto junto con Eduardo y los demás hicieron que –imagino- muchos nos pudiéramos pensar, ver, y como consecuencia consideremos como válida nuestra vida.
Paradójicamente, esos sucesos ocurrieron en poco tiempo. Aunque perduran, me suenan a germen de lo que quiera que sea en lo que me convertí.
El ambiente de Olavarría en ese marzo de 2017 fue un déjà vu.
Pasaron los años, está la familia, pero siempre algo de aquello aparecía para obligarnos a ser quien deseábamos. Lo lográbamos a cuentagotas. Pero cada canción de su autoría que identificábamos nos lo recuerda. Como ahora, que retumba con su muerte en el Uber, la peluquería o el auto de busca dónde estacionar frente al colegio.
Fabián, Hernán y el chaleco ensombrecido se cuentan como pérdidas en el camino. Este viernes lo sumamos al “Indio”, esa entelequia forjadora que casi nadie veía hace 10 años.
Pero no deja de ser una noticia que desafía a seguir buscándose.