Córdoba

«Beber un cáliz»: la vigilia del padre, el dolor de los hijos

Un buen ejemplo de las obras que publicamos es “Beber un cáliz”, que acabamos de sacar. Ricardo Garibay (1923-1999) fue un tremendo escritor mexicano, pero nada de él se editó alguna vez en Argentina. “Beber un cáliz”, la escribió en diversas noches en que su padre agonizaba en una cama. No es una novela, no es un cuento, no es poesía. Sí podemos decir que es una literatura desesperada y a la vez hermosa, que acompañará no sólo el dolor sino también la redención inminente que respira su padre viejito, rodeado de los hijos. Garibay nos envuelve junto a él, nos hace atravesar esas noches de insomnio porque de eso se trata la literatura: encarnar una realidad en palabras y así poder habitarla, desarmarla, evaporarla. La tapa y los dibujos interiores y el fanzine que acompaña al libro son obra de Damián Ortega, artista mexicano que en el 2024 tuvo una muestra monumental en Proa, donde lo conocimos, se interesó por la editorial y a quién le estamos muy agradecidos por el trabajo que hizo.

Beber un cáliz

Mayo 28 de 1962

¿Que indecisión es ésta?, ¿qué clase de indecisión es ésta? A veces, más que pena, parece que busco cuanto pueda demostrarme, más tarde, que no quise su muerte, que no la esperé; cuanto pueda asegurarme que la neurosis no me asaltará por ese lado.

Es mi padre. Y no sé por qué siento que al fin existe por sí mismo. El hombre fiero existe fuera de mí, ocupa un espacio doloroso frente a mí y es más él mismo cada día. Sin embargo, también siento que cada día es menos lo que él era, y que el espacio que ocupo yo es espacio ruin.

En la casa todos trajinan de médicos a colesterol a oxígeno a telefonazos a cáncer a consunción y a gangrena y rosarios mientras yo permanezco inmóvil, maniatado, tratando de explicarme por qué ya no es yo y es más él mismo y es menos lo que él era y yo era yo y otras muchas tonterías.

Ahora lo miro por primera vez, esto sí es cierto, y ya no es lo que era. Porque éste que miro ahora echado, silencioso, ya ni siquiera es el hombre que antier agitó los brazos y aulló buscando mis ojos, mi presencia saludable e inútil; es un cuerpo todo hueso, unos pantalones inmensos, dentro de los cuales nadan los fémures, un rostro largo, amarillo, una nariz que no acaba nunca y unos ojos hondos, azorados, abiertos a no se que espantosa irrealidad.

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