Recrear la modernidad, olvidar el gesto
El estreno de Nouvelle Vague, de Richard Linklater, llega acompañado de una paradoja: una película que busca recrear el espíritu moderno del cine francés de fines de los años cincuenta termina funcionando, sobre todo, como antesala de un regreso mucho más relevante. Más que reponer un gesto vivo, el film de Linklater ofrece la excusa perfecta para volver a mirar —o a descubrir en pantalla grande— Sin aliento (À bout de souf le), la ópera prima de Jean-Luc Godard, que se reestrena y confirma, una vez más, su vigencia.
La película de Linklater se presenta como una reconstrucción minuciosa del nacimiento de la Nouvelle Vague. En ella, un Godard interpretado por Guillaume Marbeck afirma que “la mejor manera de hacer una crítica es haciendo una película”. La frase, atribuible tanto al Godard real como al personaje y al mito, resume el dilema central del proyecto: cómo homenajear un movimiento que se definió, precisamente, por su rechazo a las fórmulas establecidas.
Una reconstrucción impecable
Desde lo formal, Nouvelle Vague exhibe un notable trabajo de recreación de época. Los objetos, el vestuario, los espacios y la textura visual componen un universo coherente y cuidadosamente diseñado. Hay un evidente rigor en la puesta en escena, un respeto casi arqueológico por los detalles materiales del período. En secuencias como la del gimnasio donde Belmondo entrena, la cámara invita a recorrer el espacio como si se tratara de una vitrina histórica sin fisuras visibles.
Otro de los atractivos del film es la aparición del mundo Cahiers du cinéma. Bazin, Rohmer, Rivette y Truffaut desfilan como figuras reconocibles, construyendo una suerte de mapa pedagógico del clima intelectual que dio origen a la Nouvelle Vague. Para el espectador cinéfilo, esta galería de nombres propios funciona como invitación a volver sobre textos, debates y películas fundacionales.
El montaje acompaña, al menos en su tramo inicial, esa voluntad de dinamismo. La película intenta capturar la energía juvenil del movimiento, su impulso vital, su deseo de ruptura constante.
El límite del homenaje
Sin embargo, cuando la reconstrucción se vuelve demasiado consciente de sí misma, el homenaje comienza a resquebrajarse. El Godard de Marbeck aparece más como un ejercicio de imitación que como un personaje con vida propia: gestos, inflexiones y manierismos reconocibles, pero vaciados de conflicto. Algo similar ocurre con el resto del elenco, cuyos diálogos resultan rígidos y esquemáticos.
La elección estética del blanco y negro, lejos de transmitir precariedad o riesgo, se percibe excesivamente pulida, cercana a una estética publicitaria. Es una imagen que contrasta con el espíritu original de la Nouvelle Vague, que hacía de la urgencia, la imperfección y el azar, una poética.
Uno de los puntos más discutibles es la representación de Robert Bresson. El encuentro entre Bresson y Godard durante el supuesto rodaje de Pickpocket se resuelve de manera superficial y, además, incurre en un anacronismo evidente: la película no se filmaba en 1960. Más allá del error histórico, lo problemático es la falta de tensión dramática en ese cruce, reducido a una escena funcional y sin espesor.
Volver a Sin aliento
La pregunta que deja Nouvelle Vague es inevitable: ¿a quién le interesa hoy esta recreación?, ¿qué ofrece que no esté ya en las películas que dice celebrar? En ese sentido, su mayor mérito quizá no sea cinematográfico, sino contextual. El film de Linklater funciona como disparador para el reestreno de Sin aliento, una obra que nunca necesitó justificación para regresar a la pantalla grande.
Estrenada en 1960, Sin aliento sigue siendo una experiencia radical. Su libertad formal, su relación desprejuiciada con el montaje, el uso del sonido, la actuación y la ciudad como escenario mantienen una frescura que desmiente cualquier intento de museificación. Si el arte clásico es aquel que logra un equilibrio entre forma y contenido, la película de Godard —nacida como gesto rupturista— hoy puede pensarse como tal.
En comparación, Nouvelle Vague parece filmar un museo: ordenado, bien iluminado, lleno de datos y referencias, pero incapaz de producir aquello que dice celebrar. El reestreno de Sin aliento, en cambio, recuerda que la verdadera modernidad no se reconstruye: se experimenta
Este texto fue elaborado por Salut Godard !
Salut Godard es un espacio de reflexión colectiva que explora la obra de Jean-Luc Godard a través de gestos, desvíos y exploraciones. Lejos de la fidelidad de archivo o de una lectura museística, el grupo se interesa por la vibración de una imagen que se fuga y regresa, mezclándose con el presente.
Para Salut Godard, cada película del cineasta francés constituye un gesto político: un modo de desarmar las formas narrativas tradicionales y de abrir zonas de fricción donde la imagen y la palabra se enfrentan al poder y a los discursos dominantes. El cine aparece allí como pregunta, como montaje y como irrupción; un territorio de resistencia donde la política atraviesa el amor, la ciudad y la vida cotidiana.
Desde esa perspectiva, el reestreno de Sin aliento no es solo un acontecimiento cinéfilo, sino la confirmación de un legado vivo. Godard recuerda que el cine puede ser insumiso, poético y radical: un lugar para perdernos —y encontrarnos— en sus imágenes.