Un último secuestro, no
Oh, qué maravilla poder contar, relatar una época. Mejor: representar a los desahuciados de esa época. Representar en el sentido literal de hacer presente aquello que no está, poner en palabras lo que otros, otras, no pueden decir. Casi nadie en la música nuestra como Solari. Ahora, así rápido, solamente se me ocurre pensar en La Mona. El Indio llevó a los desangelados al escenario y los gritó con una voz estentórea.
¿Cómo llegó la poesía críptica del fóbico e introvertido personaje que conocimos como el Indio a inspirar, hasta extremos mitológicos, a millones de neocabecitas a atravesar el frío, el barro, la nieve, la policía y otras barbaridades del clima argentino por las distancias de la patria para estar cerca —aun cuando «cerca» pueda significar a un par de kilómetros— del hombre que los pronunciaba?
En este país que habitamos, los personajes de la "Manifestación" de Antonio Berni de 1934 caminaron el siglo con la esperanza, por fin, de una reivindicación, hasta que las bombas de aquí para allá, las dictaduras, las atrocidades, hicieron naufragar el sueño maldito de los laburantes.
Para la década del '80, los descendientes de los trabajadores de la obra de Berni habían sido convertidos en zombies y entonces vino el Indio Solari e hizo "Canción para naufragios" y "Rocambole" los dibujó en la oscuridad de la tapa de Oktubre mirando con los ojos del terror.
Pasaron los '90, la entrega de todo lo que era nuestro como un botín, los despidos, la pizza, el champagne y el corralito. Y "Juguetes perdidos" les movía la estantería a los pibes que, a poco de salir a la vida, no llegaban a pagar el alquiler de monoambientes podridos mientras veían derrumbarse a sus padres, y los llamaba a levantar las banderas, apretar los dientes e ir hacia la revolución o hacia la batalla o hacia la muerte o hacia donde carajo sea pero ir convencidos. "Por primera vez vas a probar algo más que puta guita", les dijo el Indio, y les recordó: "Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene". Hasta estallar.
En una de las infrecuentes entrevistas periodísticas que daba, Solari dijo algo que hoy puede resonar con mayor volumen: "Uno negocia con la vida permanentemente. Estoy en esta vida para ser conmovido". Ahora que el negocio vital está dándose, de nuevo, en condiciones bastante desfavorables, y el mercader que tenemos enfrente está en posición ventajosa, solo podemos creer que hay algo por hacer. Poner los Redondos al palo. Y escuchar que alguien, el Indio, nos habla.
Tengo ya, tengo apenas, 38 años. Y este mundo fatal ha logrado dejarme atrás. La obsolescencia programada parece jodida en la máquina, hasta que alcanza a los vivos y es terrible: ya, apenas, 38 años y soy un humano obsoleto, que ya empezó a contar ausencias y se va quedando sin sus ídolos, sin sus músicos, sin sus poetas, sin las cosas que pueden conmoverle el alma. Sé, comprendo sin ingenuidades, que quieren llevarnos hacia allí. La forma final de la sumisión. No hay combustible para la rebelión si el alma no tiene nada que la conmueva.
Un último secuestro: el de tu estado de ánimo.
La mejor forma, tal vez la única, de recordar al Indio es impedirlo. Proteger nuestro aliento en este día y cada día.