Solari: antes, ahora y siempre
Hubo un primer Solari, el que buscaba un lugar en el mundo. El artista de La Plata, protagonista de una generación atravesada por la violencia política, el desencanto y la sensación de vivir en los márgenes de los grandes relatos nacionales. Allí nacieron, en 1975 Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. No era una banda de rock convencional, sino una experiencia estética integral. Así los definía la revista Pelo en 1978, anunciando su primer concierto en CABA: “La propuesta del grupo es, en lo musical ‘casi punk’ (…) cuentan con un gran despliegue, ahora son veinte personas, todos vestidos con trajes y máscaras especialmente diseñados para ellos”. Apenas un suelto, en un rincón. Para 1984, la popularmente conocida como “Biblia del Rock” le dedicará una página a la banda: Rocambole y SkayBellinson serán los voceros. “Por ahora no tenemos la intención de adaptarnos al mercado. Quizá algún día Patricio Rey de la orden. En ese caso obedeceremos”, afirman. Poco tiempo después, comentando un show en el teatro Bambalinas, se hablará de “explosión subterránea”. Los méritos caerán sobre el presentador Enrique Symms, los guitarristas Bellinson y Fargo, el saxo de Willy Crook y “un cantante muy particular, quien además posee una poesía extraordinaria y una idea muy acertada de lo que debe ser un cantante en un escenario”.
Música, gráfica, actuación, baile junto a las canciones, literatura, humor, provocación y misterio se combinaban para producir algo que escapaba a las categorías tradicionales de la industria cultural argentina.
Entre 1975 y 1985, la Argentina vivió su hora más traumática: la violencia política, la dictadura, Malvinas. Y tras el trauma, una profunda renovación espiritual y cultural.
En un contexto de rock en expansión, mientras buena parte de los músicos aspiraba a entremezclarse en los grandes medios de comunicación (donde programas como Badía y Compañía ofrecían una genuina receptividad y difusión), Los Redondos parecían empeñados en recorrer el camino inverso. Salían deliberadamente de los espacios a los que otros querían entrar. Rechazaban la televisión, desconfiaban de los periodistas, evitaban los circuitos de legitimación cultural y construían una relación directa con su público. Ya eran un enigma para propios y extraños. Volvemos al prolijo relato de Pelo (año 1985) cuando refiere a la paradoja de que grupos curtidos en pubs y en salas chicas como los Redondos y Sumo (acotación al margen, relacionados entre sí), eran considerados por el medio como “marginales”. Pero en el año de su debut discográfico, tenían un notable impacto, pudiendo llegar (según la nota) “más lejos todavía”. Y se responde el columnista: “Es muy probable que el público estuviera esperando algo así, una música más dura, más potente, con una imagen distinta”.
Y así fue, nomás. Los Redondos (cada vez más Indio, Skay y Poli, cada vez más música en la propuesta) se volvieron masivos. Conservando coherencia. Con una línea lírica clara. Que es el verdadero anzuelo del legado ricotero. Sin duda todos contribuyeron a la obra y cada cual podrá decir que sin su participación nada hubiera sido lo mismo. Pero la poesía, su profundo anclaje en personas de toda condición, su aptitud para ser interpretada popularmente, su reflexión y por qué no su docencia, construyeron los ritos, los misterios, las pasiones. Pocas experiencias artísticas argentinas lograron crecer tanto sin renunciar completamente a los principios que habían orientado su nacimiento. Porque esa conexión con el público, original y profunda, no hizo más que continuar consolidándose. Aún hoy.
Esa relación permanente entre originalidad, independencia y masividad constituye uno de los rasgos más interesantes de la obra de Solari. También explica algunos de sus desencuentros con el resto de la banda. Los conflictos internos, las diferencias creativas y los inevitables egos terminaron por fracturar una construcción colectiva que parecía indestructible. Sin embargo, incluso la separación confirmó la magnitud de la obra realizada. Los Redondos se terminaron como tales, pero siguieron ocupando un lugar central en la consideracióny el imaginario popular.
Cada disco es un peldaño imprescindible en esa trayectoria, pero en lo personal me inclino a mirar a Momo Sampler como una síntesis de la obra del gran artista que acaba de dejarnos. Allí aparece un sonido diferente, el carnaval como metáfora política, la celebración atravesada por la decadencia, los personajes derrotados, las ilusiones colectivas convertidas en simulacro y una mirada profundamente crítica sobre la sociedad argentina que ya había atravesado la década del 90. “El Templo de Momo” puede leerse como una visión muy trabajada por Solari. Y resulta una de las imágenes más poderosas producidas por el rock argentino para describir la relación entre el espectáculo, el poder y las multitudes.
Las discusiones acerca de la entidad literaria de las letras de canciones probablemente continuarán. Muchos autores (entre ellos LittoNebbia) sostienen, con razón, que se trata de un género autónomo y que resulta complejo medirlo con los mismos criterios que la poesía escrita. Pero incluso aceptando esa diferencia, Solari acompañó la vida de varias generaciones mediante imágenes, metáforas y personajes que trascendieron largamente el ámbito musical. Sus versos ingresaron en la conversación cotidiana, en las tribunas, en las amistades y en la memoria colectiva.
Hubo luego otro Solari. El que ya había encontrado su lugar en el mundo. El que debió aceptar (muchos que lo conocieron dicen que contra su voluntad) que su figura se había convertido en mucho más que un cantante, una especie de líder popular. La etapa solista consolidó esa condición. Cada recital se transformó en un acontecimiento nacional. Cada aparición pública era interpretada como un mensaje. Cada pausa o silencio alimentaba una nueva capa del mito. En lo personal no es la etapa que más disfruté. Pero existió, qué duda cabe.
Finalmente llegó el último Indio. El de la enfermedad, el Parkinson, las despedidas parciales y la retirada de los escenarios. Paradójicamente, fue entonces cuando comenzó a adquirir una dimensión casi inmortal. La fragilidad física hizo visible aquello que millones de seguidores intuían desde hacía años: Carlos Alberto Solari envejecía, pero el Indio ya pertenecía a otra categoría. Antes de morir, había ingresado en ese territorio reservado para unas pocas figuras culturales cuya influencia sobrevive a su propia existencia.
Por eso su muerte no se parece a la de cualquier persona. Mientras escribo estas líneas, es un problema de Estado su velatorio. Tampocose asemeja a la conclusión de una carrera artística. Se parece más a la transformación definitiva de una figura histórica en patrimonio cultural. El hombre murió. El artista ya había sobrevivido.
Aquel muchacho nacido en Paraná, que eligió salir de los lugares a los que otros querían entrar y que acaso nunca terminó de dominar a su propio mito, encontró algo mucho más extraño y difícil: un lugar permanente en el alma de millones de argentino.
Que en paz descanse, querido maestro Carlos Alberto Solari.