Córdoba

Richard Strauss: De wunderkind a espíritu de la transición romántica

Arturo Giménez Pastor, ese tipo de intelectuales de comienzos de siglo XX, a caballo entre los diferentes dominios de la tradición y la modernización de la cultura, entre la pequeña aldea y la ciudad liberal que era la Buenos Aires del centenario, entre el criollismo y el impulso desesperado de cosmopolitización de la cultura, era miembro de la gens de lettres de un país que atravesaba la muerte y la transfiguración; viejo espécimen de esos abogados que triunfó más en el campo de la literatura y la discusión pública de las fuerzas del espíritu que en oscuros tribunales de litigación que solo producen palabras para esa osamenta del lenguaje que son los expedientes. Se recuerda entre su labor de historiador, crítico y periodista su capacidad para elaborar perfiles o retratos, es decir, la función descriptiva era en algún punto su fuerte. Por otro lado, sabemos que fue un melómano; así encontramos entre sus papeles el relato de un encuentro con Richard Strauss con motivo de su visita a la Argentina: "ad­ver­tía­se a sim­ple vis­ta que el hom­bre no era na­da lo­cuaz, ni si­quie­ra co­mu­ni­ca­ti­vo. Por otra par­te, quien sien­do lo que él era an­da de pa­so en­tre gen­tes de es­tos lu­ga­res ame­ri­ca­nos, no tie­ne in­te­rés en ma­ni­fes­tar los as­pec­tos fun­da­men­ta­les de su yo, con­fian­do sus ideas, los es­ta­dos emo­ti­vos vin­cu­la­dos a su obra, o las di­rec­cio­nes de su es­pí­ri­tu".

Hay muchos motivos para desconfiar de un retrato. La personalidad es más bien un rasgo esquivo, más en psicópatas y artistas (o artistas psicópatas o psicópatas artísticos). También el retrato es la excusa del artista para inscribir su propio espíritu en un cuerpo ajeno, ocupar la figuración del modelo con la propia mentalidad, un disfraz o proyección. No me queda claro cuál es el caso de Giménez Pastor. No creo que él haya sido particularmente tímido, lacónico o reservado; tampoco pienso eso de Strauss. Hasta ahora solo tengo sensaciones.

Richard Strauss fue un compositor alemán posromántico nacido bajo los efectos del wagnerismo en la cultura de la música occidental. Es decir, se trata de una genética atravesada por las pasiones y el temperamento tormentoso de una zona de la música que no encuentra redención o calma con facilidad. Como Beethoven, Mozart o Bach, Strauss compuso una línea melódica que a nuestros días representa icónicamente la conmoción existencial o el éxtasis metafísico; me refiero claramente a Also sprach Zarathustra (Einleitung, oder Sonnenaufgang. Sehr breit). Es evidente que Kubrick, al usarla en 2001: A Space Odyssey como banda sonora, volvió a sellar los votos de esta pieza musical con la inmortalidad y la presencia en nuestra sonoteca. El cine es un arte generoso, comparte y expande su naturaleza y núcleo sagrado (la popularidad) con otras artes. La música no entrega algo menor que la posibilidad de estrujar la sensibilidad de un espectador que quizás haya visto un amanecer, pero quizás no lo ha oído hasta encontrarse con la pieza de Strauss.

Me cuesta creer que un arte tan salvaje, tan poético, tan expresivo venga de una personalidad parca como la que describe Giménez Pastor. ¿Estaba Strauss nervioso por interpretar sus composiciones en un lejano país sudamericano a los pies del mundo, o el cansancio por la gira le había drenado su capacidad expresiva? Pienso también que, contrario a cierto campo de ideas muy extendidas, la obra está radicalmente separada del artista. Una novela puede ser graciosísima y su autor un plomo; una película puede ser bellísima en términos fotográficos y su director apenas un fascinado por el relato que tuvo la suerte de tener buenos técnicos e intuiciones visuales; una pieza musical puede ser solemne o vanguardista y su compositor un travieso infante perdido que solo busca meterle la traba al compás y la armonía. Conocer artistas es casi siempre un fiasco si se tiene la expectativa de que el artesano tiene las mismas cualidades que la obra. Sin embargo, en el caso de Strauss pienso que la procesión del alma romántica va por dentro. A diferencia de la imagen del Beethoven de pelo suelto y gesto dramático atestado por la potencia del romanticismo, las pasiones de Strauss no generan figuraciones tan estridentes; más bien en su mirada perdida se parece a un perro que se resigna a ver la lluvia desde un rincón donde guarecerse, soñando con volver a encontrarse con el carnicero generoso o el calor de un hogar humano.

La correspondencia entre Mahler y Strauss atestigua la amistad entre ambos y demuestra que Giménez Pastor estaba completamente equivocado. Strauss es brillante, irónico, gracioso, la comunicación por escrito se le da muy bien. En la compilación actual de estos envíos podemos acceder a algunas ideas o problemas del ocaso del romanticismo y el comienzo de las vanguardias en tiempo real. Strauss es en algún sentido un compositor de transición, demasiado temprano para ser un punk, demasiado joven para usar alguna peluca estrafalaria o besar las manos de la nobleza; coquetea con ambos mundos desde la soledad radical del espíritu alemán atormentado por la futilidad del cuerpo mortal. El nacionalismo musical, la forma ópera y la integración de textos poéticos después de Wagner, la censura en una Europa que nunca deja de estar convulsionada y de anunciar la sinfonía de los disparos y las bombas son algunos de los problemas estéticos que el proyecto de Strauss y Mahler tiene que sortear para establecerse en la eternidad del canon; en sus cartas lo sospechan pero no lo saben, sus nombres todavía son estrellas regentes del manto nocturno en el que sueñan compositores, intérpretes, melómanos. Recibió en vida el reconocimiento de Bartók y Schoenberg, pequeños demonios de la renovación del lenguaje musical. Atravesó de manera tortuosa, como tantos otros compositores, las contracciones del espíritu y la sensibilidad que implican los fascismos históricos y las guerras. Se le sospecha por incursiones en la traición, la bajeza, la complicidad. Fue también uno de los modelos sonoros de Glenn Gould, quien destacó su obra. Imprimió a fuerza de obra su propio nombre en el canon vocal, específicamente en las líneas compuestas para soprano; quien pretenda cantar en ese registro no podrá desconocer las canciones de Strauss. La correspondencia con el premio Nobel Romain Rolland demuestra la curiosidad de Strauss por la música francesa y la necesidad de conocer tanto la cultura sonora como la lingüística para la obra propia.

De sus tempranos inicios como wunderkind nacido en una familia de músicos que le dio tempranamente las competencias técnicas de la expresión instrumental y la conciencia estética, a los fríos inviernos de la precariedad inducida por la guerra en la que le faltaron medicamentos, alimentos y fuego, Strauss logró desarrollar una obra diversa, extrema y expresiva ante la cual alguien podría sentir que le es raptado el aliento y la vida; sus vientos vibran como el desplazamiento de planetas que aplastan el alma y hacen de la noche una circunstancia de terror o esperanza.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba