Córdoba

Enrique Villegas. De nacionalidad pianista

A Enrique Villegas le gustaba contar que se hizo famoso respondiendo reportajes, que nadie asistía a sus conciertos ni escuchaba sus discos. Se trataba de una exageración propia de su verborrea: el Mono hablaba hasta por los codos, según da cuenta un aguafuerte de Oberdán Rocamora (Jorge Asís durante su paso por la redacción de Clarín) publicada en 1977.

No he tenido oportunidad de escuchar sus conversaciones con Antonio Carrizo, que quedaron registradas en un disco doble pero no deja de ser llamativo: los músicos no suelen ser grandes conversadores. En cambio, sí he disfrutado con la escucha contemplativa de un disco que grabó para autohomenajearse con motivo de sus sesenta años: 60 años 3-8-73.

Ese disco es una gratísima puerta de acceso al opus villeguiano. Quien nunca escuchó nada de Villegas haría bien en regalarse los 40 minutos que dura. Se trata del registro íntimo de cuatro canciones que exponen la condición ecléctica de un pianista que militó en la gran tradición de la música americana encarnada por Duke Ellington pero también se lució como intérprete de un disco de zambas y otro dedicado a los preludios de Chopin.

Para la ocasión lo secundan sus compañeros de ruta: Oscar Alem en contrabajo, Osvaldo López en batería y —a falta del legendario Jorge "Bebe" Eguía— el fresquísimo concurso de un Ara Tokatlian de 22 años. El plan era sencillo: tocar en el estudio como podría hacerlo en su casa ante un pequeño grupo de amigos.

El repertorio escogido pasó por St. Louis Blues, a la que definió como el himno del jazz; Caminito, la gloriosa página de Juan de Dios Filiberto que se sumerge en la tradición popular argentina; La Rosita, escrita por Paul Dupont y llevada a su punto máximo en la versión de Coleman Hawkinks y Ben Webster; y, por último, una improvisación propia llamada Free, toda una declaración de intenciones: el jazz será libre o no será, dicha por un hombre que estuvo preso de las garras insaciables de Columbia Records (la discográfica más antigua del mundo, datando de 1887), a los que más adelante llamaría "los gangsters del disco".

Todas las piezas suenan de modo un encantador pero acaso el plus de esta obra venga dado por la ilación. El nexo conector es la mentada labia de Villegas, que puede resultar excesiva, insidiosa: las canciones se valen por sí mismas, no necesitan de nombre, excusa o justificación; pero eso no le quita al discurso ni una pizca de lo amable y cautivante: su decir cayengue trae dosis de veneno pero nunca abandona una cierta voluntad pedagógica; es un boxeador que nunca baja la guardia, un tenista que tiene todos los golpes. Villegas está lleno de verdades y no se las guarda.

Ni bien finaliza la escucha de este disco el impulso natural es darle play de nuevo. O probar con otro. En las plataformas de streaming está disponible prácticamente toda la discografía. Y uno, de puro goloso, se queda antojado de oír la presentación en el Teatro Colón o en el estadio José Amalfitani, dos hitos enormes en la historia del jazz argentino, que le hacen justicia a la estatura de un personaje que se construyó a sí mismo.

Canción tras canción uno no puede dejar de preguntarse de dónde pudo salir tan tremendo artista, capaz de hacerse un lugar entre los grandes en la meca del jazz en la segunda mitad de la década del 50, precisamente cuando confluyen los padres fundadores, como Duke Ellington y Lester Young, con los nombres llamados a renovar el género: Miles Davis, Charles Mingus, Bill Evans o John Coltrane, por mencionar a algunos.

Villegas comenzó a tocar jazz a los nueve años; un número, 1922, se dice fácil pero pensar que un niño pudiera hacerlo desde aquí en una época en que la música en formato físico apenas circulaba invita a la perplejidad. Tuvo como maestro a Alberto Williams, literalmente un maestro de maestros ya que a lo largo de su vida desarrolló una gran tarea para divulgar la enseñanza del piano. Para ello se sirvió de muchas piezas del folclore argentino como vehículo (su abuelo, Amancio Alcorta, era oriundo de Santiago del Estero y también músico).

El pequeño Enrique fue escolarizado en el Colegio Normal Mariano Acosta. Quizás ese nombre no diga mucho por sí solo pero vale anotar que a finales de los años veinte en el alumnado se contaban varios futuros argentinos ilustres. El primero a mencionar es Julio Cortázar ya que la afinidad cae por su propio peso. Tal vez fueran amigos desde niños, quién sabe, en todo caso los movió el mismo motor. Otros egresados notables de esa época fueron Abel Santa Cruz (destacado guionista de cine) y Manuel Sadosky (matemático, físico, fundador de la computación en Argentina). El Normal Mariano Acosta tiene buenas razones para inflar el pecho de orgullo.
Al Mono Villegas nadie puede cuestionarle nada desde lo pianístico. Su vasta formación clásica construyó un arsenal de armonía a prueba de cualquier amenaza. Los reproches, que siempre los hay, cómo no, vienen de su petulancia, del usar la palabra como un arma arrojadiza, de causar escozor, sea por el ejercicio de una convicción con anteojeras o por mero ejercicio de esgrima, por divertimento.

Cuentan que después de un concierto de Oscar Peterson decía para quien quisiera escucharlo: Si yo tuviera esa base rítmica tocaría como él. Antes mencioné la versión de La Rosita que facturaron Coleman Hawkinks y Ben Webster. En esa sesión el piano estuvo a cargo de Oscar Peterson. De manera que en el día de su cumpleaños 60, Enrique Villegas, el Mono, seguía dando la pelea. O respondiendo a los insolentes cuántos pares son tres botas.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba