Córdoba

Aprendiendo a vivir mirando, para no tener que vivir por ver

“una luz que me alumbra en mi oscuridad,

acércate a la reja, sos la dueña de mi alma…

mi luna cautiva,

que me besa y se va”

(José Ignacio "Chango" Rodríguez)

Esta vez fue difícil hacer callar a los viejos cuando las imágenes que representaban la ciudad de Córdoba entre finales de la década del 60´y principios de los 70´, comenzaron a fluir para ir a estrellarse casi instantáneamente sobre la pantalla de tela del Cineclub Municipal. La audiencia más joven, cinéfila, impaciente, intolerante cuando las luces se apagan y deciden prestar atención plena, chistaban sin poder contener ese asombro tan especial sobrevenido cuando la conciencia toma debida cuenta del paso del tiempo, cuando descubre los restos de “lo sido”, que una mano astuta pudo reconstruir, merced a un arte preciso que se especializa en eso mismo.

Allí, la fantasía sublime que el cine viene explotando desde sus orígenes se conjugó una vez más, re-creando una realidad extinta, pero en esta ocasión la relevancia se hizo especialmente manifiesta, además, por el hecho de que el cine de Córdoba abordó “cinematográficamente” una etapa decisiva de su existencia; Poniendo en escena a los artífices de las primeras miradas de este tipo ensayadas con alguna ambición teórica y con ellas, grandes destellos de la época turbulenta que vivieron.

La experiencia se la debemos a Santiago Sein y un equipo importante de editores y montajistas que animan otra aula de la UNC, ahora rescatando literalmente de la basura, cientos de metros de película y decenas de latas que las contenían, para unir –amorosamente- los fragmentos de una aventura colectiva que abriga la virtud de avivar con mucha precisión el ethos de un pasado que, por muchas razones, despierta atenciones genuinas, desbordando sin demasiados problemas ya cualquier cauce.

Para hacer una película solo se necesita un arma (2026) es una operación histórica en toda regla, pega literalmente hechos fílmicos en una trama, dando cuenta muy eficientemente de un proceso social que se desarrolla, como todos, en planos múltiples, a saber: los referidos debates iniciáticos que animaron el origen del cine provincial desde el Departamento de cine de la Escuela de artes de la UNC, su impacto en la compulsa política local y nacional probablemente más intensa de la historia argentina, y, por último, las peculiaridades del floreciente marco cultural del tiempo que le toca iluminar. Es que el azar, que en las eternamente blindadas intuiciones de Cortázar “siempre hace muy bien las cosas”, hizo que el director y sus ayudantes hallaran en la basura una documentación clave, y esta disposición –aparentemente final- no dejó de señalarle el tránsito dramático del objeto que ahora construye.

Este periplo le muestra casi fantásticamente en la mesa de edición -territorio ineludible de esta operación-, soñadores desconocidos, actores muy despojados, actrices bucólicas -de las que por momento parece haberse enamorado un poco-, y un villano inasible, que tratando de destruirlo todo desde adentro, no hizo sino propiciar su encuentro con otro episodio de los primeros pasos en su ciudad de un arte que evidentemente ama con toda el alma.

Tal vez fue este viaje, este descubrimiento, quien aportó la convicción necesaria para la decisión estratégica de hilvanar estos hechos en una narración sin temer el ingreso de componentes ficcionales. Que por su parte, no hacen más que facilitar la comprensión de una epopeya que nos conduce a este grupo de estudiantes y profesores, despegando desde la esperanza juvenil más desaforada en la revolución, que les franquea registrar cámara y micrófonos en mano dimensiones casi eternamente enterradas en la oscuridad más insondable de las diferencias y miserias que arrastramos -que por cierto también componen una proporción importante de nuestra historia mediterránea-, para aterrizar en las profundidades terroríficas de la persecución, tortura y muerte, de muchos de ellos.

En la película de Sein se refleja entonces la aventura de una pequeña comunidad de artistas decididos, atreviéndose a disfrutar en la plenitud de la lucha, la intensidad que solo se descubre recorriendo una y otra vez la calle, aprendiendo a mirar la ciudad y el mundo que habitaban, a fuerza de discusiones tan interminables como divertidas, pero también fiestas y regocijos propios del encuentro pleno con el otro. El final, tan amargo como el de cualquier estructura dramática que se precie, no inhabilita la posibilidad de una moraleja ya en la oscuridad de esta jornada que supo ser luminosa.

Ésta nos señala que cuando nos negamos a mirar el mundo que nos rodea la muerte nos inunda, y no solo porque vayan a venir nuevamente los militares a matarnos, sino porque no aprendemos. Como seres producto de un proceso histórico que no daba tregua, el ya extinto pero de nuevo glorioso Departamento de cine de la Escuela de Artes de la UNC nos habilita participar –en alguna medida- de la vida de un puñado apretado de años pasados que nos obsesionan de la mejor manera posible, simplemente porque se arriesgaron a plantar cara a lo que hasta ese momento casi nadie veía, improvisando las primeras palabras, casi con balbuceos, del vernáculo lenguaje cinematográfico que su Universidad y Ciudad de Córdoba todavía necesitan con urgencia creciente.

Mientras tanto, los viejos recuerdan y esperan la próxima tanda de imágenes en movimiento permitiéndoles ser jóvenes otra vez en la ciudad que millones de toneladas de cemento ya tapó (¿para siempre?), volver a sentir en los labios el aliento y calidez de esa chica que no tuvieron la fe o confianza para volver a ver, o de ese chico, que les prometió impunemente una vida distinta que nunca consiguieron encontrar; Y los jóvenes se inquietan todavía más que con los impertinentes murmullos que producen los recuerdos del otro atravesando como un rayo su conciencia que ahora corre más rápido que el último Ferrari, porque ahora ya saben, que el mismo escenario citadino en el que circulan con ansiedades crecientes tratando de terminar de descubrirle en todos sus arcanos (quien pudiera!), merced al tiempo rapaz que todo lo destruye y desordena, no siempre fue el mismo.

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