Córdoba

Historia(s) del cine cordobés: Para hacer una película solo hace falta un arma

Un hombre, pequeña burguesía, todavía obrero, jamás patrón (mucho menos oligarca o noble), mira la televisión con su familia francesa, mientras en off la voz del director de la película le imprime un epígrafe corrosivo: "Pobre idiota revolucionario. Millonario en imágenes". Es un fragmento de Ici et ailleurs, un documental o ensayo de Godard y Miéville del año 1976. La película es una reflexión sobre planos filmados en Jordania, Líbano y Cisjordania, al menos seis años antes del montaje final. En apenas más de media década, los fedayines palestinos que protagonizan esas imágenes de violencia y resistencia, pero también de comunidad e imaginación política, murieron. Así, la película chapucea en las fronteras de la temporalidad y la figuración, alterna ficción y documento, pensamiento y drama. Hace mucho que no puedo dejar de pensar en esta película.

La(s) historia(s) del cine, tal como la narró Godard a fines de la década del 80 y durante la del 90, tiene entre sus frases iniciales un latiguillo o eslogan (quizás lo menos interesante para recordar a ese primer y último intelectual del cine moderno): "una película es una chica y un arma". La única forma de ser fiel a la tradición es por medio de la traición; una infidelidad no es un arte sencillo, cómodo ni solitario. Hacen falta cómplices, intercesores, mentes maestras capaces de planificar qué hay que olvidar del pasado, qué hay que desviar o torcer para llegar a nuevos caminos. Pienso en lo ridículo que es discutir a Godard hoy; uno intenta y posiblemente caiga en la payasesca del anacronismo. Más interesante es ver cómo, desde Córdoba, dos franceses estudiantes de cine de la Escuela de Artes de la UNC en la década del 60, desde su contemporaneidad, postulan una simplificación (la vía sintética, el gesto eficiente y radical de apropiación y despojo de una tradición) de la definición godardiana: para hacer una película solo hace falta un arma.

La reciente película de Santiago Sein, Para hacer una película solo hace falta un arma, era una pieza necesaria para que el horizonte cultural y el debate intelectual cordobés cuajara. Es un gran objeto intelectual y artístico producido por una cultura cinéfila particularmente heterogénea y nutrida como la de nuestra ciudad, alimentada por la universidad pública, los cineclubes, y distintas confabulaciones de artistas y realizadores. El argumento podría resumirse de manera sencilla: alguien encuentra unas latas con fílmico de las décadas del 60 y 70 y, a partir del enigma y las vidas que orbitaron en torno a esa materia fósil del cine, se despliega un dispositivo narrativo en el que la ficción, el documental, los cuadros de época y la discusión política se desarrollan durante 159 minutos, en los que el relato no se deja caer ni asciende demasiado lejos.

Hoy es el tiempo de ver esta película, porque captura la verdad en un momento en que la producción de legitimidad y organización del discurso público se encuentra suspendida por la mediatización y precarización del lenguaje y la cognición. La forma humana de la verdad, lejana a la de Dios y a la de las máquinas, solo puede capturarse a partir de una corriente de relatos que aloje la materia sensible de lo que estalla o cruje en la historia. Si no conocemos nuestro pasado, si no lo cuidamos, si no lo archivamos, si no nos lo apropiamos e invitamos derivaciones a partir de él, perderemos algún tipo de soberanía o ruta para la producción artística desde estas tierras. Nadie puede desear lo que no conoce: ¿cómo querer producir un cine cordobés si su historia se aleja? Quien quiera tomar la palabra, para crear o destruir un mundo, tiene que poder reconocer el lenguaje de su patria. Para hacer una película solo hace falta un arma elabora un mapa posible de las ideas y valores del cine cordobés de mediados del siglo pasado: cuáles eran sus pasiones, sus temores, su visión sobre el mundo que vivían y querían cambiar, cuál era su ontología cinematográfica. ¿Las películas tienen un autor o son colectivas? ¿La representación es un medio o un fin de la práctica artística? ¿La política y el arte deben permanecer juntas o son indisociables? Preguntas que vuelven a cada paso en la vida de los protagonistas de la película de Sein.

Argentina es un país que, por sus políticas irregulares de conservación y patrimonialización cultural, está asediado por la pobreza de sus imágenes. Lo que ocurre alrededor de propuestas como Archivo Teatro La Luna, o películas como Esquirlas y El silencio es un cuerpo que cae, es que esa reserva de imágenes (dispersas en herencias familiares o documentos institucionales) espera un momento artístico y político de redención: producir una serie, un tejido, que reelabore el lazo que une a distintas generaciones.

Hay una ambición en la película de Sein, más allá de su extensión, de su hibridación genérica, de la responsabilidad histórica de tomar el lugar de arconte para su comunidad y sus mayores. Para hacer una película solo hace falta un arma es el tipo de objeto artístico (aun con sus personajes, espacios y entretejones cordobeses) que cualquier ciudadano del mundo puede ver. Se trata, obviamente, sobre la juventud y la voluntad, pero también sobre las formas de imaginación pública en momentos de contracción democrática. Para esto, la película renuncia al documentalismo neurótico de la evidencia: prefiere construir un relato de ficción o jugar con sus engranajes, antes que reunir voces de protagonistas e imágenes (en movimiento o fijas) ilustrativas que anclen o releven los testimonios. Quizás esta película permite pensar un discurso o empresa memorialista más allá de la enunciación testimonial.

Una zona alucinante de la película es quizás la sombra de cómo se hizo un cine procesista, apologético, afirmativo de la dictadura y propagandístico. El espía y delator de sus compañeros en la Escuela de Artes, Federico Alegre, se sospecha que fue el encargado de la iconoclastia que sufrieron las latas de fílmico producidas por quienes fueron sus colegas y docentes. A la manera de una Leni Riefenstahl vernácula, Alegre trabaja en la elaboración de una película de propaganda del ejército, un fragmento de la cual puede verse en el documental. Por lo breve y elocuente de la propaganda, podemos suponer que Alegre orientó su mirada a construir una especie de víctima de la guerrilla, con un recurso que recuerda a los gags de Austin Powers en los que las muertes de los secuaces rompen la cuarta pared y parodian los clichés del cine de espías, al traer al presente de la violencia que sufren los cuerpos anónimos de los uniformados las imágenes de sus familias en ambientes bucólicos.

En un momento, el testimonio y la reflexión del profesor Roberto Videla subrayan que tanto la moviola como el grabador de sonido que eran propiedad de la Escuela de Artes fueron usados por Alegre para la edición de sus trabajos de propaganda y también por los torturadores para registrar las declaraciones obtenidas mediante el horror. Para hacer el horror, a veces, solo hace falta una película; o una película también puede ser un arma en manos como las de Alegre.

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