Córdoba

Liliana Herrero en Córdoba: show con irreverencia y perfección

La lógica de toda canción consiste en acompañar la intimidad de quien la escucha a la luz del tiempo en el que se la oye. Gesto de amor y fatalidad que son su anverso y su reverso. Tal vez por eso hay canciones de juventud que fueron heroicas para sus oyentes; vueltas escuchar en la madurez, esas mismas canciones se cubrieron de nostalgia, entregaron el paso del tiempo en medio de la brevedad que lo gasta y lo consume. La canción es entonces esa pequeña historia de la que muchos se apropian porque simplemente sienten la necesidad de hacerlo. Pero la necesidad es el ritmo de la época, lo que la época dice de modo musical más allá del origen mismo de la canción. Y enfrentarse a la época, padecer su tristeza o abrazar su risa, es la actualidad de toda canción, es más, detener lo vertiginoso de una época durante tres minutos de duración en los que notas y palabras vuelven a estar juntas para arrojar tenues coordenadas respecto a lo que pasa, es acaso su realización. Tal vez por eso en la canción suenan tantas cosas que, de momento, la hacen devenir el talismán que integrantes de una inmensa minoría acarician al acompañar su estribillo.

Liliana Herrero ha hecho de sus conciertos y de sus discos un collar de canciones, el atuendo sonoro de un instante, la pequeña filosofía de una voz que al ocupar el escenario se viste y se desviste con la emotividad que convoca. Algo de eso se pudo apreciar el sábado 11 en el Teatro Comedia cuando al abrirse el telón, acompañada por Pedro Rossi en guitarra, Ariel Naón en contrabajo, Facundo Guevara en percusión y Mariano Agustoni en piano, el público la recibió con un aplauso sostenido, como si la urgencia de oírla respondiera a algo más que la pausa entre una y otra visita a la ciudad.

El reencuentro tenía como protagonista a su último disco, Fuera de lugar, título que en este caso dice mucho. Herrero siempre ejerció en la música esa lateralidad, esa mirada oblicua que también dice bastante sobre qué canta y cómo canta. La elección de su repertorio es un claro ejemplo desde dónde se posiciona para hacerlo, ya que hace justicia a zonas olvidadas del cancionero popular, pero también, a vínculos negados entre músicas y músicos; y ni que hablar de su particular forma de interpretarlo, sello distintivo que divide aguas y que una vez más, la vuelve protagonista de una resistencia denodada ante el encasillamiento, lo fácil, lo esperable. Sin embargo, habría que recordar el trayecto de Herrero, quien, desde Rosario, llega a Buenos Aires a grabar su primer disco en 1987, un año después de que Spinetta-Paez reversionaran “Grisel” con una creatividad pocas veces vista. Hay huellas -podríamos decir también heridas felices- que conducen y se llevan por siempre, y que otorgan una licencia extraordinaria a quienes saben merecerlas. De ahí entonces que, de Yupanqui a García, de Carnota a Mocchi, las interpretaciones de Herrero en este disco, resaltando estilos tan disímiles, pero a la vez afines, permitan no solo momentos virtuosos para sus músicos, que los hubo y bienvenidos fueron en el escenario, sino también momentos de inscripción poética que van de Rene Char a Diana Bellessi, por lo que todo concierto es más que música en el aire. De ello resulta evidente que para Herrero cantar no significa ocupar un lugar, más bien es estar ejerciendo siempre la huida, la incomodidad política vuelta gesto amoroso o ironía.

¿Pero qué hay en la voz de Herrero? ¿Qué lleva en ella a ir por detrás de su constante fuga luego de discutir y aceptar lo fuera de lugar desde donde canta? En cada inflexión, en cada susurro, en la elevación con la que esta ocupa el espacio al resonar de igual a igual con el timbre de los instrumentos que la acompañan, hay, en esa voz aún poderosa a los 77 años que no duda en permitirse fraseos reos y disonancias de monte adentro, nada más ni nada menos que un modo de pensar. Herrero canta sabiendo que lleva consigo no solo la responsabilidad de interpretar, sino que también lo hace sabiendo que lleva hasta el extremo la irreverencia de matizar lo heterodoxo, no para diluirlo, desde ya, sino más bien para perfeccionarlo. Y esto no es un gesto menor en un país donde hasta la música se disuelve en la reducción de la mercancía y la alcahuetería de los escenarios que se permiten la crueldad como negocio. Un pensamiento-canción, que no es otra cosa que señalar el aquí de la época de la mano del ritmo y la melodía, es acaso aquello que permite encontrar en un estilo la diversidad de licencias que lo vuelven reconocible; pero también, un pensamiento-canción es algo que permite apreciar tonalidades y brillos según el sentimiento que se juega en la aventura de reversionar clásicos que conviven con hermosas reliquias sonoras. Canción sobre canción, la memoria musical es un cofre lleno de pasado, pero a la vez, repleto de futuro siempre y cuando la irreverencia sea quien lo abra. Por eso Herrero nunca deja de ser moderna, por eso puede hacer de un discurso de Horacio González un entusiasmo meditativo donde el piano acompaña la música de sus palabras; por eso también puede hacer del acompañamiento con Susy Shock una declamación de justicia poética. Tal vez ahí, “Subo subo” o “Chacarera del expediente” fueron recibidas como versiones actualizadas de una variante que, aun con olvidos de la letra, Herrero sabe manejar mejor que nadie al trabajar el sonido de un lamento, al afianzarse en el simple hecho de permitirnos la tristeza por el tiempo que nos toca. Sin duda lo doliente es distintivo en ella, e impone la pausa de hacer con la voz el fondo-adagio de la canción donde, una reflexividad gestual y una cadencia caprichosa y única, elaboran la imagen de lo que se canta. Pero también, en la misma Herrero lo doliente puede dar paso a la embriagues, la risa, cierta voluptuosidad que desde el susurro asciende hasta la afirmación tajante, suerte de decantación de un saber popular que pudo rastrearse en “Las golondrinas” y “El tiempo está después”, piezas que llegaron cerca del cierre.

Un párrafo aparte merece “Allá lejos y hace tiempo”, zamba de Armando Tejada Gómez y Ariel Ramirez, que en su registro, para los versos finales –“Y por mi sangre una voz maternal / Nombra Argentina”-, parece reclamar la invención de un idioma que piense de nuevo el término último, ausente, afantasmado y vapuleado por estos aciagos días.

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