Nadie espera: crónica del primer concierto del programa de la Fundación Pro Arte Córdoba
El sábado 11 de abril dio comienzo el ciclo de conciertos programado por la Fundación Pro Arte Córdoba en el Teatro Libertador.
Una programación de 11 conciertos para todo el año 2026, que tiene entre uno de sus acontecimientos sobresalientes, el debut del Ensamble de la Orquesta de Música Mediterránea previsto para el 27 de octubre.
La velada estuvo a sala completa. El Teatro Libertador es un lugar de ensueño para este cronista, con origen en el interior profundo.
La noche se dividió en dos partes, quizás en tres.
La Orquesta Sinfónica de Córdoba se presentó en su debut con un pronunciamiento serio sobre las condiciones del Teatro –lo de iluminación es probable que alerte a las autoridades, sin duda- y asuntos concernientes a la programación. Es imposible dejar ausente los temas de los ejecutantes. La crónica musical no es naif.
El Director invitado para esta ocasión fue el español Iñigo Pirfano. Vestido con traje cuello mao negro, saludó al público de manera breve, sin ampulosidad, agradecido. Los movimientos de Pirfano dieron cuenta de un director avocado, su fisonomía –en especial su espalda, los huesos de su espalda- hacía creer que estábamos frente un yogui.
Vamos a la música. El concierto se inició con la Obertura Coriolano, Op. 62 de Ludwing van Beethoven. Se conoce que Beethoven la compuso en 1807, para la obra de teatro Coriolano, de Heinrich Joseph von Collins, estrenada en 1804. En la tragedia, Coriolano, un general romano del siglo V a. C., parte al exilio y se une a sus antiguos enemigos, los volscos. Los persuadió para que rompieran la tregua con Roma y condujo a su ejército hacia la capital, reconquistando las ciudades perdidas en el camino. Al llegar a Roma, mientras se encontraba a las puertas, su madre, su esposa y sus dos hijos acudieron a suplicarle que detuviera la invasión. Cedió a sus peticiones, se retiró de las puertas de Roma y desapareció de la historia.
Sin embargo, no desaparece del drama (nunca). Coriolano ha traicionado a dos potencias: a Roma por unirse a sus enemigos y a los volscos por haberse rendido al borde de la victoria. En el Coriolano de Shakespeare, es asesinado. En el Coriolano de Collins, se suicida a las puertas de Roma.
Un único movimiento que comienza con una electricidad que despierta, y nos coloca frente a una orquesta sinfónica. El suspense de la historia de Coriolano queda evidente en el final de la pieza.
La noche continuó con el Concierto para violín y orquesta “Humanidad” del compositor argentino Mauricio Charbonnier, presente en la Sala.
La solista invitada –la estrella de la noche- fue la astrohúngara Édua Amarilla Zádory. Édua.
Nació en Kecskemét, sur de Hungría, en 1974, y no paró. Porque no hay quien la pare. Subió también con la amabilidad del director español, se presentó vestida –enteriza- con un brillo dorado apagado y sus zapatillas modernas. Édua no es desfachatada, es otra cosa, tiene charme. Es importante tener los sentidos atentos para disfrutar del charme ajeno –probablemente siga dejando evidencias de provinciano.
La obra de Charbonnier, Humanidad cuenta con tres movimientos. El compositor ha declarado con motivo de su estreno que trabajo lo motívico como un proceso unificador de toda la obra, un solo germen expansivo por el cual comenzar a diseñar los tres movimientos y los casi 26 minutos que dura el concierto. Agregó que esto tiene un sentido musical pero también programático.
Édua, en el primer movimiento funciona como una encarnación. El violín y la humanidad. El violín de Édua y nosotros, una mínima parte de la humanidad presente en la sala principal del Libertador. Siendo a veces tan fácil desembalar el Nosotros, Charbonnier compone una obra para pensar un concepto en estado crítico (no dije críptico).
En el primer movimiento (Moderato Dramático) Édua queda sola, pero no tanto. Si algo dejó a este cronista impactado es como Pirfano la esperaba en su solo. Nadie espera. El director recortaba en un ademán hasta de silencio a la Orquesta, para el ingreso del momento del violín.
Primer movimiento, cadencia –nunca espiritual-, Édua (se) agita incluso cuando avanza en una escena que pide introspección. Son modos. Segundo movimiento, algo más romántico. Y el tercer movimiento, la agitación – o cierta agitación, al decir del compositor, motívica.
En la ejecución de los movimientos finales, este cronista sintió aires de los Bad Seeds, Warren Ellis, la encarnación de toda la nostalgia de Nick Cave; Édua abandonó su lugar, miró de frente a la Orquesta toda, se deshizo de cualquier pose melancólica. No necesitaba que nadie le espere.
Al finalizar su participación, invitó a la Concertino de la Orquesta Sinfónica, Lucía Luque, y a dúo, en una suerte de capella, ejecutaron 5 piezas de Béla Bartók. Antes nos habló Édua: la tragedia del mundo, la música, la guerra, estar unidos, la invitación a Lucía.
Luque no solo estuvo a la altura de las circunstancias, con una modestia que permite seguir teniendo fe en los seres humanos, sino que cerró aquello que insinuó en la primera parte de la velada, una mezcla de personalidad, autoridad, y esa aptitud magistral del violinista que a este cronista le resulta indecible.
Édua Zádory saludó, nos fuimos al intervalo, y ella, con su abrigo, se sentó entre el público a disfrutar lo que restaba del concierto, de la noche.
La última obra fue la Sinfonía n°2, Op. 73 de Johannes Brahms, por supuesto, dirigida un Íñigo Pirfano que regresó al escenario un poco menos expresivo, pero con un tranco europeo envidiable.
La Sinfonía n.º 2 en Re mayor, Op. 73 fue compuesta en el verano de 1877 durante la visita de Brahms a Pörtschach am Wörthersee, una ciudad en la provincia austríaca de Carintia, situada en los Alpes. La composición de esta sinfonía se desarrolló en un tiempo muy breve, en comparación a los catorce años que tardó Brahms en completar la primera.
La instrumentación de esta obra se basa en dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones, tuba, timbales y cuerdas.
Para la composición de esta sinfonía, Brahms utilizó la forma típica de la sinfonía clásica y sus cuatro movimientos: I. Allegro non troppo, en Re mayor; II. Adagio non troppo, en Si mayor; III. Allegretto grazioso (quasi Andantino), en Sol mayor; y IV. Allegro con Spirito, en Re mayor.
Luego, Brahms. Todo es subyacente e íntimo en Brahms. Intrincado. El fin del idilio es la música de Brahms.
Cito al ensayista Sergio Cueto: La melancolía es nada más que la aseveración de la pasión, de cualquier pasión y todas las pasiones en la distancia de su impasibilidad. No se dirá que el melancólico es precisamente incapaz de hacer propia una pasión, entristecerse con la tristeza, alegrarse con la alegría, sino que él es el lugar en el que las pasiones alcanzan su inapropiable libertad: una tristeza, una alegría, cualesquiera y de nadie. Ahora bien, esa aseveración que dice 'estoy triste' sin tristeza, que deja a la tristeza descansar en su ser distante e irreparable, es la aseveración de lo serio. Lo serio constituye la aseveración de la melancolía. Sin esa aseveración la melancolía declina en aquella blanda debilidad que habitualmente se le atribuye. La fuerza de la melancolía está en su aseveración. Tal aseveración se cumple perfectamente en un arte sin mundo. Ese arte es la música. En el alejamiento del mundo, la melancolía encuentra la música. La música es una aseveración melancólica. Es la severa melancolía de la música de Brahms.
El último movimiento de la Sinfonía es alegre. Brahms se corre, evita el pozo. Las cuerdas comienzan con el Allegro con Spirito final nuevamente en forma sonata. Una sección ruidosa se rompe inesperadamente con la orquesta completa. A medida que la emoción parece desvanecer, los violines introducen un nuevo tema. Los instrumentos de viento lo repiten hasta convertirse en un clímax. Se repite nuevamente el primer tema de la sinfonía, presentando la sección del desarrollo del movimiento. Tanto el primer tema como segundo reaparecen, remachados. La sinfonía termina en un humor triunfante, como quería Édua.